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II. LA RÉPLICA: LOS SUEÑOS DEL KAISER
El éxito de El secreto de lord Kitchener fue tal que invitaba a una réplica y ésta no se hizo esperar. A los seis meses de su aparición, precediendo en poco a su reedición, los hermanos Tato Amat hicieron gemir las prensas, que se decía, con Los sueños del Kaiser, "fantasía del momento", impreso en Madrid a primeros de 1915 por la Tipografía Itálica, que estaba en Velarde 12; rústica, 222 páginas en 8º mayor (19'5x12'5 cm.), 3 pesetas.
Los autores eran de ideología liberal, bien distinta a la conservadora de Cirici Ventalló, por lo que no hubieron de forzar en nada su pensamiento para escribir esta obra, pero hay que decir enseguida que se trata de una novela oportunista, con abundantes referencias a El secreto y su autor, a los que cita con mucha frecuencia. En ella la izquierda se comporta de un modo coherente, mientras la derecha lo hace de forma disparatada, complaciéndose la narración en ridiculizarla.
"A cuantos se alude en el libro les pedimos perdón por las chirigotas de que les hacemos víctimas", empiezan por decir los autores, y no voy a ser yo quien rectifique el apelativo de chirigotas, para concluir: "Ante el conflicto mundial somos neutrales, pero como neutralidad no debe ser indiferencia, expresamos nuestra simpatía por los aliados, por cuyo triunfo, tal como en nuestro libro aparece, hacemos los más fervientes votos".
El libro "se escribió e imprimió en 18 días, cinco más que el de Cirici, pero más dicen que hizo Dios en siete". En la primera afirmación existe un mínimo error, pues serían seis más que el de Cirici, y los errores y erratas, debidos a la "rapidez febril" con que se compuso, son bastantes, por ejemplo en los nombres propios, particularmente los extranjeros.
Escribe Cecilio Alonso en Historia y crítica de la literatura española, de Francisco Rico: "...Mainer ha tratado de establecer el origen de la narrativa de anticipación científica, con probable influencia wellsiana desde 1902, a partir del zaragozano Carlos Mendizábal Brunet [...] y ha observado los primeros indicios de una narrativa de historia-ficción futurista o utópica, relatos en clave alusiva a conflictos políticos y sociales muy del presente. De Nilo Mª Fabra (1843-1903) al mucho más joven Domingo Cirici Ventalló (1878-1919) se va prefigurando la evolución de una línea satírica, todavía sin estudiar, germen de lo que se llamó después «fantasía (o novela) de costumbres políticas», que había de alcanzar cierta brillantez al filo de la dictadura primorriverista, pero que tiene su prehistoria entre 1892 y 1917" [1].
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Me he ocupado de Mendizábal, así como de Pérez de Ayala, en otros Apuntes y tanto el Elois y Morlocks del primero como el Sentimental Club del segundo, publicados ambos en 1909, no son de probable sino de probada influencia wellsiana, como lo serán otros títulos de otros autores. He tratado asimismo de Fabra, cuyas consejas son en general de naturaleza distinta a las historias de Ventalló -a las que precedió- y a las de quienes le siguieron, unos para afirmarlo y otros para contradecirlo. Sin embargo, hay alguna conseja escrita también en clave de humor, aunque con una ironía más fina, que presenta puntos de semejanza con las citadas fantasías posteriores, que vuelan más bajo: Ventalló se limitó a explotar su ingenio natural en una coyuntura que creía favorable, y los otros se apoyaron sin más en él para lo mismo o lo contrario. Todos ellos forman parte del origen da la narrativa de política ficción española, que conoció un verdadero boom al principio de la guerra europea.
Los hermanos Tato Amat, Miguel y Emigdio, los dos escritores y periodistas, nacieron ambos en Elda (Alicante), el 29 de septiembre de 1878 y el 10 de noviembre de 1886, respectivamente, hijos de Agustín María Tato Vidal, natural de Matanzas (Cuba) y educado en Nueva York y París, que se afincó en Alicante como Agente de Aduanas del Puerto, y de Antonia Amat, hija a su vez del político eldense José Amat y Sempere, que fue diputado y alcalde de la ciudad.
No se encuentran apenas referencias suyas en manuales de literatura o diccionarios de autores, y para sus datos biográficos he recurrido a Eldenses notables, de D. Alberto Navarro Pastor, de donde he tomado los que reproduzco. El hermano mayor, Miguel, destacó pronto como fundador y director de más de una publicación periódica de ámbito local y en 1902 fue nombrado Cronista Oficial de su ciudad natal, nombramiento que fue suprimido en 1904 por no permitir las arcas municipales que se siguiera abonando su gratificación -que era de una peseta diaria-, como razón oficial, y por sus críticas nada diplomáticas a la Corporación, como razón real.
Se trasladó a Madrid, donde ejerció el periodismo político, y en 1935 fue distinguido como Caballero de la Orden de la República. Falleció en esta capital el 4 de mayo de 1948, poco antes de cumplir los 70 años, dejando escritos numerosos artículos de prensa y alguna obra de apuntes históricos; sólo Los sueños pertenece al género novelístico, aunque en ella aparecen todos los nombres públicos del momento.
El hermano menor, Emigdio, colaboró desde muy joven en el periódico eldense El Vinalopó, fundado y dirigido por su hermano, iniciándose en el periodismo profesional en El País y La Patria de Madrid y El Liberal de Bilbao. En 1920 ingresó como redactor político en la Agencia Mencheta, donde permaneció hasta su jubilación. Recibió la Medalla de Madrid por sus trabajos de exaltación de la villa, de cuyo Ayuntamiento fue Jefe del Registro General, y estuvo también muy ligado a Petrel y su fiesta de Moros y Cristianos.
Dirigió la colección por fascículos "Bandoleros célebres de España", que cosechó un gran éxito. Navarro Pastor recoge hasta treinta obras suyas, en las que aborda el teatro -drama histórico, comedia, zarzuela o sainete-, el verso y la crítica política o la taurina. Aunque residía en Madrid, cuando se sintió enfermo se fue a Barcelona a casa de una hija, y allí murió el 20 de febrero de 1974, a los 87 años de edad.
Por cuanto respecta a Los sueños del Kaiser, a modo de introducción reproduce una proclama de Guillermo II al Ejército del Este: "Acordaos de que sois un pueblo elegido. El espíritu del Señor desciende sobre mí porque soy el Emperador de los germanos. Soy el instrumento del Altísimo y su representante [...] Perezcan los enemigos del pueblo alemán, Dios exige su destrucción".
La guerra estalla enseguida y los alemanes se imponen en todos los frentes, mientras que en España, escriben los autores, por mal de origen nos dividíamos en tres grupos, aliadófilos, germanófilos y neutrales. Mientras los otros peleaban por conquistar la hegemonía, nosotros peleábamos por si debíamos pelear o estarnos quietos.
Habla Mella en el Congreso para decir que "lo que no pudo hacer Bonaparte lo hará Hohenzollern. Francia, decapitada, tendrá un rey alemán; la unidad italiana se romperá y Caserta será rey de Nápoles; Don Jaime de Iberia; Inglaterra perderá todas sus colonias y Rusia la reduciremos a la mitad. Bélgica y Holanda no conservarán ni el nombre".
Pablo Iglesias le lleva la contraria, afirmando que a los germanos los mata su militarismo: "Es tan inmensa la catástrofe, costará la guerra tanta sangre y oro, que los pueblos terminarán por imponerse y el desarme será un hecho".
Los dichos y hechos chuscos de quienes creen que el viento sopla favorable en sus velas se repiten sin pausa a lo largo de la primera parte de la novela. Cuando el archiduque Magdaleno, pongo por caso, pide al Kaiser una prueba que mostrar a sus amigos para que crean que está con ellos, él se corta un pelo de su mostacho y se lo entrega diciéndole: "Tomad, no haría otro tanto Don Amós Salvador" [2].
Toda Europa cae en manos teutonas excepto Inglaterra, mas he aquí que un hijo del Canciller lee Veinte mil leguas de viaje submarino y se lo hace leer a su padre, quien manda insertar este anuncio en el Berliner Tageblatt: "Planos de submarino, modelo Verne, urgen en casa del Canciller". Responden un millón de proyectistas y el sumergible del ganador se construye de inmediato. Alemania, que ya dominaba la tierra con sus tropas y el aire con sus zepelines, va a hacer lo propio en los mares con su nueva flota de sumergibles.
Pero no contento con eso, hace insertar en el mismo periódico otro anuncio en el que convoca a los inventores patrióticos a público concurso de ideas bélicas, que conoce un éxito todavía mayor. Uno propone que la escuadra alemana remonte el Manzanares y bombardee Madrid enarbolando bandera inglesa, para que los españoles bombardeemos Londres en represalia , otro que se remitan a Francia e Inglaterra desde los Estados Unidos un millón de latas de cerveza envenenadas como un supuesto regalo de los americanos o que se permita al enemigo recuperar un territorio en el que encontrarán un millón de cabezas de ganado lanar infectadas de viruela, otro más que sus agentes en Inglaterra hagan correr el rumor entre las mujeres de que sus maridos no marchan a la guerra contra Alemania, sino a engañarlas.
Y por encima de todos hay uno que ofrece un ingenio capaz de hacer explotar cuanta pólvora hay en los arsenales enemigos, que era el secreto que guardaba lord Kitchener en la novela de su nombre. Los alemanes retiran sus tropas y municiones a más de 200 millas de Londres y hacen funcionar el invento a las 2 horas, 7 minutos, 8 segundos y 14 décimas (sic) del día 1 de enero de 1915. Medio Londres salta por los aires, derrumbándose edificios, viniéndose al suelo tendidos eléctricos, reventando conducciones de agua y gas, y quedando la capital envuelta en llamas. Explotan hasta las cerillas que llevan los londinenses en sus bolsillos, excepto las fabricadas en España, a las que hay que someter a procesos más enérgicos para encenderlas.
Despegan a continuación los zepelines y bombardean la ciudad de forma inmisericorde, la escuadra británica, que tenía encerrada a la alemana en Kiel, es atacada al mismo tiempo por los zepelines, los navíos de superficie y los submarinos y, anonadada por la tragedia, pierde la mayor parte de sus efectivos y rinde los restantes. Los soldados germanos pueden desembarcar libremente en Inglaterra y hacer prisionero a Jorge V, sentar sus reales en Londres y establecer su cuartel general en la sede del Parlamento.
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| Emigdio Tato Amat |
Guillermo es el emperador de Europa. Alemania se ha anexionado Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Suiza y parte de Francia, el imperio austrohúngaro ha incorporado a su territorio Servia, Montenegro, Albania y parte de Italia, y Turquía ha recibido Argelia y Túnez.
Siguen unos capítulos que describen los acontecimientos en España en el mes de enero de 1915, que es cuando se escribió la novela. Se suceden los gobiernos, de alguno de los cuales se detallan hasta los altos cargos de cada Departamento y los gobernadores de cada una de las 50 provincias, una serie de políticos desconocidos para la mayoría de los lector de hoy, a quienes nada les dicen las rivalidades entre prietistas, villanuevistas y besadistas; se reproducen los comentarios de Ventalló en el Club de las Cornejas y la decisión de algún hombre público de no volver a salir a la calle sino al tresillo de la Squilache.
Narra en general disposiciones jocosas, como el obligado Examen de Doctrina para quien aspire a un puesto remunerado con más de 500 pesetas de sueldo o el no menos obligado escapulario para los escolares con el Corazón de Jesús en un lado y el retrato del Kaiser en el otro.
A petición del embajador de Turquía, que amenaza con declararnos la guerra, se condena a muerte al diputado Ayuso, autor de un libro titulado Helénicas. Pablo Iglesias y Julián Besteiro están huidos, por lo que no acuden en su defensa, cosa que hace para su desgracia Cortabarría, quien al ser presidente de una Liga Hispanohebrea es condenado igualmente a muerte, el uno por griego y el otro por judío.
El gobierno de Maura cae cuando pretende hacer aprobar por las Cortes una ley, el primero de cuyos artículos prohíbe la funesta manía de pensar y el último establece la inviolabilidad de los ministros, mientras que los diputados y senadores de la oposición pueden ser detenidos incluso sobre la marcha, cuando están en el uso de la palabra en las Cámaras.
Finalmente entra en Madrid Don Jaime en una procesión encabezada por monaguillos y sacristanes a los que siguen los frailes de todas las Órdenes religiosas, el clero secular, beneficiados y canónigos, obispos y arzobispos. Forma gobierno con Mella como ministro universal y se restaura el Santo Oficio, que inicia sus actividades administrativas quemando vivo a Barriobero [3].
Pasados dos tercios de la novela, se cierra su primera parte, llamada "Ensueño", y se abre la segunda, titulada "Realidad", que se inicia con el despertar del Kaiser, que llama a su Canciller para decirle que disponga su automóvil para marchar a Moscú. ×"Los cosacos no van a dejarlo pasar, Majestad", es su respuesta. Todo ha sido un sueño y Alemania ha perdido lo poco que había conquistado, siendo ahora los ejércitos rusos, turcos y francobritánicos los que han invadido su territorio y no hay quien detenga su irresistible avance. Lo mismo ocurre en Austria, pues los servios han liberado Croacia al grito de "viva la civilización" -lo que no deja de encerrar su ironía visto desde la perspectiva de hoy- y los montenegrinos han hecho lo propio con la Herzegovina, disponiéndose unos y otros a liberar a continuación Hungría.
Los autores pierden la inspiración vicaria de Ventalló y producen unos cuantos capítulos sin demasiada gracia. La armada alemana es hundida en sus tres cuartas partes por los submarinos ingleses. Los dirigibles germanos que, al mando del conde Zeppelin se dirigían a bombardear Londres, dejan caer las bombas por error sobre una ciudad continental: además se han olvidado las ametralladoras en la base y los aviones franco-británicos los derriban. El ejército de tierra se refuerza con 200.000 mujeres, de las que 170.000 forman pareja con soldados del otro sexo y se fugan (¿a dónde?).
En otro capítulo, siempre a razón de uno por episodio, como en la anterior, una Alemania desesperada intenta modificar el eje de la Tierra para situar a Inglaterra en el Polo Norte, según la receta de El secreto de Maston, al igual que en el siguiente pretende disparar con un cañón a un espía tras las líneas enemigas a la manera de De la Tierra a la luna -las novelas de Julio Verne son todo el acervo científico de que disponen los alemanes-, espía que termina en Marte por un error de cálculo, sin que quepa castigar al calculista porque fue el propio Canciller quien hizo los cálculos.
Tras la caída de Berlín, los socialistas alemanes toman el poder y proclaman la República. El Kaiser Guillermo, que quiso ser el émulo de Napoleón, es desterrado como él a la isla de Santa Elena. La Conferencia de Paz, celebrada en Madrid bajo la presidencia de Prieto, desmembra materialmente Alemania.
Los autores de esta novela no constituyen la excepción al iberismo. Se produce la fusión de España y Portugal en una república presidida por el luso Magallaes de Lima [4], manteniendo sus gobiernos un tronco común, representado por los ministerios de Estado, Guerra y Hacienda, y conservando la duplicidad de titulares los demás Departamentos.
A Alfonso XIII no se le menciona por su nombre en toda la novela: sólo una vez, al principio, se alude a él cenado dice Dato que estuvo en Palacio y el monarca le dio dos palmaditas en la espalda.
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Este artículo se publicó en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: El boom de la política ficción I , Madrid, 1999, y en la revista BEM nº 69, junio-julio 1999, Valladolid, Interface.
NOTAS
1. Reproduzco estas líneas en apoyo de la inclusión en los Apuntes para la historia de la ciencia ficción española de estas novelas d política ficción, que algunos entenderán que no deberían tener cabida en ellos por su alejamiento del género.
2. Amós Salvador, diputado y ex ministro, lucía un tremendo bigote corniveleto que fue más de una vez objeto de bromas.
3. Ernesto Barriobero, gran maestre del Gran Oriente Español y abogado defensor de cuanto izquierdista y sindicalista era llevado ante los tribunales, era un claro candidato a la hoguera, aunque en la realidad no pasó de ser once veces encarcelado.
4. Es un nombre bien escogido. Sebastián Magalhães de Lima fue un notable periodista y político republicano portugués, impulsor decidido de una mayor unidad entre los pueblos latinos, que en varias ocasiones intentó traducir en hechos prácticos.
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