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III. LA CONTINUACIÓN: DON QUIJOTE EN LA GUERRA

A principios de 1915 apareció El fin de la guerra, "disparate profético soñado por mister Grey" [1] -del que me ocupo en los Apuntes dedicados a El Coronel Ignotus-, la segunda edición de El secreto de lord Kitchener y la que he llamado su réplica, Los sueños del Kaiser, para todavía editarse en el mismo año la que llamaré su continuación, Don Quijote en la guerra, "fantasía que pudo ser historia", de Elías Cerdá, en Yagües Editor, que tenía su Casa en Madrid, en la calle Barbieri nº 1 derecha. Se trata de otro libro en octavo mayor (19x12'5 cm.), de 200 páginas de texto y 2 pesetas de precio, con cubierta de K-Hito y ejemplares numerados.

Elías Cerdá Remohhí nació en Alberique, en la Ribera del Júcarr [2] (Valencia), el 16 de enero de 1874. En 1885 se trasladó a la capital del Turia, donde cursó estudios de maestro, pero, desde 1891, año en que entró en la redacción de La Correspondencia de Valencia, se dedicó al periodismo. En 1898 marchó a Teruel, donde fundó El Noticiero Turolense, que dirigió durante dos años, y en 1900 volvió a Valencia y a La Correspondencia. En 1906 se trasladó a Madrid, escribiendo en El Correo Español, al igual que Ventalló."Escriví per al teatre en català i en castellà i col×laborà a diversos periòdics", dice el "Diccionari Biogràfic" de él. Falleció el 24 de octubre de 1933.

Estrenó efectivamente más de una obra de teatro, pero no resulta fácil encontrar su nombre en un catálogo general de autores del género, es más fácil hallarlo en uno dedicado a la zarzuela, pues compuso alguna, como Sol y sombra, y fue libretista de otras, la más conocida Moros y cristianos, con música del maestro Serrano.

Participó activamente en política. En su primera etapa valenciana militó en el partido de Blasco Ibáñez, al que se refiere de forma particular en este Don Quijote, para terminar alineándose con la Comunión Tradicionalista como otro acendrado jaimista.

Su novela se presenta en forma semejante a la de su conmilitón Cirici Ventalló y es tan disparatadamente fantástica como ésta o la de los hermanos Tato Amat, que en eso ninguna tiene nada que envidiar a las demás. Incluye razonamientos y datos técnicos de los que las otras carecen, aunque le falta su dimensión internacional, ya que habla casi exclusivamente de España. En lo que respecta a su intención, es la misma que la de El secreto, pues si ésta trataba de las ventajas que nos reportaría la neutralidad, Don Quijote se ocupa del desastre que acarrearía nuestro alineamiento con Inglaterra y Francia. Los enemigos políticos de Cerdá son obligadamente los mismos que los de Ventalló, esto es, Romanones y Lerroux, los liberales y los radicales. Quizá su gracia sea menos rebuscada y más espontánea.

Dice su autor que en septiembre de 1914, cuando se escribió El secreto de lord Kitchener, peligró por primera vez la neutralidad de España, peligro que no ha desaparecido, lo que hace pensar que pretendía subirse al carro del éxito de la novela anterior con los acontecimientos bélicos actualizados. El jefe del gobierno era ya Romanones y al conde se le suponía bastante más proclive a Inglaterra que a Alemania, pero D. Álvaro había manifestado rotundamente desde un principio que España mantendría su neutralidad, así que cabe suponer a Cerdá intenciones que apuntan más lejos. Su propósito confesado es "demostrar, mezclando burlas con veras, que la intervención española hubiera sido -y lo sería todavía- un tremendo desatino".

La acción se inicia en septiembre de 1914, con un gabinete presidido por Eduardo Dato, al que sucede el tan traído y llevado conde de Romanones, que es presentado como decidido partidario de nuestra entrada en la guerra. Con el apoyo animoso de buena parte de la prensa, que se alboroza con el triunfo de los franceses en el Marne y canta entusiasmada las cabalgadas de los cosacos por la Prusia Oriental, y contando con oradores "capaces de hacer del Padrenuestro una arenga", se busca un pretexto para declarar la guerra a Alemania y éste llega cuando los germanos destruyen la catedral de Reims, en una de cuyas torres habían establecido un puesto de observación los franceses.

 La primera consecuencia de la declaración de guerra es el hundimiento de la Bolsa y el desbordamiento de los impagados. El gobierno aprueba una moratoria que prorroga todos los vencimientos en noventa días y hasta cuatro caseros mueren de infarto al no percibir sus alquileres, haciéndose necesario instalar dispensarios en las Cámaras de la Propiedad.

El tono general es el mentado de burlas y veras: frente a algunas de aquéllas se exponen otras de éstas, de modo que cada uno de los catorce capítulo viene a narrar lo sucedido en un mes de guerra, entre septiembre del 14 y octubre del 15, y la fantasía mayor corresponde a la participación de España en la contienda.

Nuestra aportación inicial es de 100.000 hombres, que se dirigen a Flandes (¡defendemos al reino que levantó una estatua a Ferrer!), a las órdenes del general Weyler. A su paso por Francia las jóvenes los saludan bailando sevillanas vestidas de toreras y, sacándose luego una navaja de la liga, la clavan en un muñeco que representa a un soldado alemán.

Nuestras carencias económicas -el autor detalla cada empréstito que emite el apurado Estado, con sus intereses y vencimientos- nos obligan a recurrir a Francia e Inglaterra, que nos ayudan a cambio de que elevemos el número de combatientes de 100.000 a 300.000. Estas fuerzas, los denominados "libertadores de Europa", aunque han elegido a sus jefes, sólo reconocen realmente como tal a uno de ellos, el zapatero madrileño Inocencio Pérez del Borregal, quien, al venírsele encima un día la cuna de su hijo, tuvo la luminosa idea de inventar el "carapacho de avance".

Esta máquina de guerra era a modo de un tanque unipersonal, con tracción de sangre y sin problema mecánico alguno. Consistía en medio tonel de hoja de acero, forrado de lana merina, con sacos terreros como faldellines colgantes que se podían rellenar de tierra desde el interior en caso de que el fuego enemigo fuera muy intenso. En la parte delantera llevaba dos ruedas abajo y un agujero arriba, por donde asomar el cañón del fusil.
Elías Cerdá y Remohí

Weyler los hace entrar en combate al día siguiente de su llegada al frente. El zapatero telegrafía a su mujer: "Marcho al fuego para aplastar a la Barbarie. Escribiré desde Berlín. Inocencio". Nuestros soldados han de vadear un río que separa las trincheras, para lo que dan la vuelta a los carapachos, cierran el agujero con un tapón y funcionan como bañeras puesta a navegar. Aquello no es el Manzanares y resulta difícil mantener el equilibrio bajo el fuego enemigo. Tampoco las granadas que les lanzan son la munición de los trabucos contra los que se probó el ingenio en la Cava Baja y, aunque los carapacheros se baten bravamente, son derrotados en toda la línea.

En ese momento teníamos ya 300.000 hombres luchando en los frentes de Flandes, 80.000 en África y 70.000 en la Península, a más de haber sufrido 100.000 bajas entre muertos y heridos. que llenan los hospitales. Hay que decir que las fuerzas de África tenían que hacer frente a unos marroquíes sublevados, armados por los alemanes, y que las peninsulares tenían que sofocar una revuelta carlista que había levantado partidas en Navarra, Cataluña y el Maestrazgo, que terminan con el fusilamiento en los fosos del castillo de Montjuich de Mir y otros cuatro insurrectos: un profesor de lógica, lector de El Progreso, el órgano de los radicales en Barcelona, enloquece tras leer que el diario está absolutamente en contra de la pena de muerte, pero justifica estas ejecuciones. A continuación el crucero alemán Kauman bombardea Vigo hasta destruirlo por completo, tras lo cual desembarcan los ingleses, alzan allí su bandera y se hacen dueños de la ría para proteger las costas gallegas.

Los británicos piden todavía a Romanones que envíe otros 40.000 hombres a enfrentarse a los turcos, pues la nación católica por excelencia ha de combatir al perro musulmán: "Remember Lepanto!", ofreciéndole a cambio los Santos Lugares cuando España los conquiste. Como el conde es anticlerical, permuta Jerusalén por Andorra, rebajando los 40.000 infantes a 25.000.

La cosa no se queda ahí. A petición de Kitchener aún movilizamos 100.000 reservistas más, a cambio esta vez de la devolución de Gibraltar por Inglaterra, la de Tánger por Francia y la promesa de que, terminada la guerra, España entrará a formar parte de la que será la Cuádruple Alianza, con el rango de Gran Potencia, junto con Portugal, al que Inglaterra forzará a establecer un lazo federal peninsular. Aunque ni su propio gobierno está conforme, Romanones gasta su último hombre y su última peseta en el empeño. Para lograrlo ha de suprimir las garantías constitucionales y declarar la ley marcial en todo el país.

Nos acercamos al final. La entrada en la guerra de Bulgaria, que tuvo lugar el 6 de septiembre de 1915, está recogida en el libro. Tras esto, el último capítulo se titula "1916-1919" y contiene sólo dos grandes interrogaciones y unas líneas de puntos suspensivos que se rematan diciendo: "suspensión de hostilidades".

En el tratado de paz España cede a Alemania el protectorado de Marruecos y las islas Canarias; Inglaterra debe devolvernos Gibraltar y Vigo, pero sólo cuando reorganice sus bases navales. Romanones se vuelve loco y lo internan en un manicomio, donde permanece muy abatido hasta que un médico consigue que el Diario Universal edite un ejemplar sólo para él, en el que miles de telegramas reclaman su vuelta al poder y da cuenta de la suscripción popular para levantarle una estatua, encabezada por Maura. Estas falsedades le levantan el ánimo.

Cuando vio las cosas feas, Lerroux pidió y consiguió que le nombraran Príncipe Residente de Andorra, adonde marchó con Emiliano Iglesias y otros de su partido, a los que fue colocando en la medida de lo posible, pero la llegada de las "Damas Rojas" de Barcelona le hizo abandonar el Principado y el cargo, que resignó en Iglesias. Emprende viaje en un automóvil que se avería y es hecho prisionero por jinetes jaimistas que le conducen ante un Consejo de Guerra por haber abierto fuego contra ellos. Es condenado a muerte, pena que se le conmuta por la de cadena perpetua al haber matado tan sólo a tres caballos (lo que no está nada mal, no contando sino con las seis balas de su browning). Pasa el resto de sus días trabajando en la canalización de aguas de Cantavieja, donde se había hecho fuerte y muerto con sus leales Perruca, cuando la insurrección jaimista [3].

Los carlistas se han sublevado, don Jaime ha establecido su corte en Valmaseda y ha formado un gobierno con Vázquez de Mella a la cabeza. Estallan también movimientos separatistas en Cataluña y Vizcaya, pareciéndome oportuno recordar que estos tradicionalistas eran los más de derechas pero propugnaban un estado federal, con la mayor autonomía para las regiones, que dispondrían del máximo grado de libertad y poder de decisión, aunque unidas en una patria común.

Aquí llegados, "les Corts del Principat" se reúnen en el Pic Negrey toman una decisión heroica, la de declarar la guerra a España. Al siguiente día los andorranos toman al asalto el palacio presidencial y, empezando por Emiliano Iglesias, degüellan a los advenedizos españoles. Es el final de la historia.

Para terminar yo también reitero que, si bien estas novelas están alejadas del fantasy cercano a la science fiction, son exponente de una literatura de política ficción que se calificó en su momento de fantástica y no pasó desapercibida, sino que -sobre todo Cirici Ventalló- vendió muchos ejemplares y mereció reseñas y críticas en todos los periódicos. Quien pretenda hacer la historia del género no puede dejarlas de lado por más que su lectura haya perdido toda actualidad y buena parte de su pasado interés, y me remito de nuevo a las palabras de Mainer.

* * *

Este artículo se publicó en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: El boom de la política ficción I , Madrid, 1999, y en la revista BEM nº 70, agosto-septiembre 1999, Valladolid, Interface

NOTAS

1. Sir Edward Grey era el premier británico cuando estalló la guerra.

2. Digo como antes, Alberic, en la Ribera del Xúquer, y Túria, como luego Montjuïc.

3. Este levantamiento fracasó por la desautorización del marqués de Cerralbo, lo que cuento como anécdota para volver a decir que estas novelas están repletas de connotaciones de la época, hoy sin significado para la mayoría de los lectores.

 

 

 
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