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I. CUANDO LLEGÓ LA BESTIA DEL APOCALIPSIS

Escribe el prologuista de La Bestia del Apocalipsis [1]: "Se adelanta varios siglos y describe la comunicación que puede haber entre nuestro mundo y otros mundos posibles. Julio Verne llegó a eso, pero con recursos de distinta índole y sin sospechar que luego hubiera quien matizara con tanta originalidad las relaciones interplanetarias que él vaticinó".

En una Advertencia Preliminar el autor escribe a su vez: "Benévolo lector: Los sucesos que te cuento en este libro comprenden casi toda la vida humana, desde los tiempos patriarcales hasta el fin del mundo. Algo refiero también de los selenitas y marcianos por la influencia que han tenido y tendrán sobre nuestro planeta estos habitantes extraterráqueos".

Y la sensación de que va uno a encontrarse con una verdadera novela de ciencia ficción se refuerza al leer el principio del libro.

En el hemisferio oculto de la luna existen dos estados separados por un mar de lava y divididos por su religión, ya que en el uno se practica una semejante a la judía primitiva y en el otro se rinde culto a la naturaleza corpórea. Se celebra en éste la fiesta-concurso de la Consagración de la Reina, en la que una princesa virgen remonta el vuelo con las alas áulicas para que la sigan una corte de jóvenes voluntarios, provistos de unas más modestas alas de tafetán que ellos mismos han confeccionado: quien logre fecundar a la princesa en las alturas -sigo lógicamente la terminología del autor- se convertirá en su esposo y ambos serán los futuros reyes.

"Y en aquel momento abrióse la flor del cáliz y apareció desnuda, deslumbrante de gracia ante los ojos absortos de la muchedumbre, la más bella hija del planeta: Zeos Lorimera".

Remonta el vuelo y pronto empiezan a caer rendidos los primeros pretendientes, que pagan con la vida la osadía de su empeño, pues, en cuanto caen exhaustos al suelo, son cubiertos de pez y conducidos a unas piras preparadas al efecto para ser quemados en ellas. Sólo uno de los jóvenes, de sangre real, logra alcanzar a Zeos y tomarla en sus brazos, favorecido de disponer de una pila eléctrica para ayudarse: ya la ha visto antes desnuda, cuando la sorprendió nadando en la piscina del palacio real, y desde entonces no piensa sino en conseguirla.

Su padre, que es un hombre poderoso y práctico, le ha dicho al alquimista doméstico:

"Tú, hijo de las tinieblas, que te has pasado lo mejor de la vida oyendo el estridor de las cadenas en las mazmorras del Imperio, elige entre esa muerte perpetua o la vida y la libertad, con mil esclavos que en todo te sirvan y mil esclavas que en todo te complazcan, y todo el oro de las mimas de Oriente, si..."  

El hijo de las tinieblas no lo duda ni por un instante y aplica al hijo de su señor, que va también desnudo, una minúscula pila eléctrica bajo las alas, lo que le permite moverlas sin más esfuerzo de los brazos que el necesario para lograr la dirección.

Y hubiera alcanzado su objetivo si no fuera porque, desde el otro lado de la frontera, contempla la escena el príncipe heredero del estado vecino, que ha llegado hasta allí persiguiendo a un tigre, y, entre escandalizado y encandilado por la más bella hija del planeta, dispara con su arco una flecha eléctrica que hace perder al joven la pila.

Elías, que así se llama el príncipe, regresa de inmediato a su palacio con el firme propósito de visitar a sus vecinos y convencerlos de que cambien de costumbres, pero sus libros sagrados le prohíben cruzar el mar de lava que los separa, por lo que ordena a sus ingenieros que le construyan una nave con que dar la vuelta a la luna, dotándola de los necesarios sistemas de refrigeración que exigen las altas temperaturas del otro hemisferio y demás detalles técnicos.
Y dejando al príncipe ocupado en sobrevolar con su nave la cara visible de la luna, paso yo a ocuparme del autor, el presbítero accitano D. Juan José Valverde, hijo de Torcuato Valverde y Filomena Gómez, nacido en Guadix (Granada) el 3 de mayo de 1883, según los datos que me ha facilitado amablemente su sobrino Joaquín.
 
En 1894 ingresó en el seminario de Guadix, ordenándose sacerdote en 1907 y licenciándose en teología en 1909. Fue profesor de latín, humanidades e historia en el seminario y en 1914 pasó a una parroquia de Baza, donde escribió sus primeros libros y entró en contacto con personalidades literarias como Rodríguez Marín, Ricardo León y Antonio Maura, más conocido éste como político, aunque también fue escritor de mérito.

Poco antes de dejar Baza, tras diez años de estancia en ella, el Ayuntamiento lo honró como hijo adoptivo de la ciudad y el Patrimonio Real lo nombró capellán y predicador de Sus Majestades. Regresó luego a su amada Guadix natal, la vieja Acid, -"la punta de lanza de Castilla clavada en Andalucía", que dijo Unamuno-, primero como párroco y después como canónigo de su catedral. Falleció el 1 de febrero de 1960 en Almería, aunque sus familiares lo trasladaron de inmediato a Guadix.

Ganó certámenes y premios literarios y escribió artículos periodísticos y varios libros. La Bestia del Apocalipsis aparece firmado en Guadix en 1931 e impreso y prologado en Andújar en 1935, lo que se explica porque el prologuista, su amigo de toda la vida Francisco Arias Abad, era el dueño de la editorial.

"Debo mi formación literaria a los clásicos latinos", dijo, "y de la teología saqué el alimento espiritual de mis libros". Y también: "Preferí la novela porque en ella está todo lo que constituye la vida". Su sobrino reproduce estas palabras suyas: "Ya en Baza revoloteaba en mi imaginación una obra, mitad fantástica, mitad profética, que apoyaré en los últimos descubrimientos de la ciencia y en las páginas del Libro de los Reyes y del Apocalipsis. La titularé El profeta Elías en Marte".

Volviendo a la novela, publicada finalmente con el título de La Bestia del Apocalipsis, cuando nuestro príncipe toma tierra en lo alto de una montaña, se le aparece Dios al más puro estilo bíblico y le dice que abandone su noble propósito y se dirija a la Tierra a predicar a los israelitas el arrepentimiento y la conversión, si no quieren recibir un terrible castigo.

"Hay un pueblo, Israel, a quien Yo he colmado de gracia, pero se han hecho sacrílegos y blasfemos, han pasado a cuchillo a los profetas y han levantado ídolos a Baal. Quiero que vayas allí para anunciar mis juicios y el terrible azote con que voy a castigar al pueblo".

A pesar de la amenaza de ser pasado a cuchillo como quienes le precedieron, el príncipe mutado en profeta emprende el camino de la Tierra, donde será el profeta Elías, al que la Escritura da por tesbita, de Tisbé de Galaad, tomando quizá el lugar de su aterrizaje por su patria natal. La novela pierde entonces buena parte de su fantasía y se va convirtiendo en un discurso religioso de distinto interés: Valverde reproduce ad pedem litteram cuanto narra el Libro de los Reyes, limitándose a rellenar los huecos veterotestamentarios para sus propósitos.
Cuando la Biblia dice que el rey Ajab (874-852 a.C.) dio culto a Baal, le erigió una estatua en el templo de Samaría e irritó a Dios aún más que los reyes que le habían precedido, Valverde lo atribuye a su esposa, la bella y famosa princesa fenicia Jezabel, que se habría casado con él por consejo de su thérafin. Este thérafin, instalado en la cámara de los dioses tutelares de las familias cananeas, era la cabeza disecada del primogénito sacrificado a Baal, admirablemente conservada por procedimientos perdidos, que tenía bajo la lengua una lámina de oro con la inscripción de un espíritu inmundo. El suyo le dice a Jezabel -empleo la ortografía moderna-:

"El reino de los hebreos está dividido entre Asá y Ajab. Éste, que es un espíritu inquieto, turbulento y rebelde, busca la ocasión de levantar altares en Israel, para que sus súbditos no tengan que ir todos los años a Judá, donde reina Asa, a ofrecer sacrificios en aquel templo, como manda la ley de Moisés. Tú eres hermosa como el sol y corre por tus venas la noble sangre de cien reyes. Cásate con Ajab, levanta templos a Baal, sacrifica a todos los profetas y borra el nombre de Yahwé de todas las tribus."

Así lo hace y la cólera de Dios termina por castigar duramente a la casa de Israel. Cumplida su misión, Elías sube al cielo en "un carro de fuego con caballos de fuego", que en la ficción va a ser su nave espacial.

Tras este bloque episódico, se abre otro unos nueve siglos más tarde en el planeta Marte. Si los selenitas eran en todo iguales a los hombres, los marcianos se les asemejan en su estatura y sus órganos vitales, aunque su piel es de color gris y su cara triangular. Su ciencia supera a la terrestre de entonces y están organizados en un solo estado, la República de Marte -supone el autor que este planeta es siete veces más pequeño que la Tierra-, de la que es Presidente el malvado y perverso Doctor Delevi, un monstruo de iniquidad que, cuando era secretario del candidato que iba a ganar las elecciones, lo apuñaló y lo arrojó al mar, sustituyéndolo en las listas y resultando elegido.

"Delevi soñaba ser adorado como Dios en el corazón y en la conciencia de todo aquel pueblo materialista; sabía tanto como el diablo porque era el diablo su asesor y el resorte de todas sus acciones."

Se nos presenta en su despacho, donde conoce de un escultor un secreto que le interesa y, al despedirlo con la promesa de una recompensa, el premio que la da es apretar un resorte que abre una trampilla en el suelo y lo precipita a los hornos crematorios que están permanentemente encendidos en el sótano presidencial. El autor se complace en ocasiones con imágenes del Averno.

El pueblo, efectivamente, se ha ido volviendo materialista:

"Lo había invadido todo el racionalismo del Estado. Los templos eran visitados más bien como museos que como casas de oración. Los sacerdotes, influenciados por el espíritu de los tiempos, sin fe ni conciencia, hacían de mala gana los oficios religiosos [...] y si se hacían ministros del Altísimo era porque en ello encontraban una manera como otra cualquiera de ganarse la vida."

Delevi atraviesa un momento de debilidad cuando se enamora de Leticia, la hija de quince años del Sumo Sacerdote, a la que por otra parte ha raptado de un modo miserable, y llega a plantearse el abandono de sus planes para compartir su vida con otra alma, con un verdadero amor. Mas se le aparece entonces el diablo que lo tienta primero con mujeres, luego con riquezas y, finalmente, mostrándole la hermosura de la gran Tierra, con sus nunca vistos bosques y selvas, mares y ríos, nubes y cielo, que le entregará "si postrado, me adorares". A diferencia de Cristo, a tanto no puede resistirse Delevi y cae de rodillas y lo adora, convirtiendo a Leticia en estatua de mármol, según el secreto que le confiara el escultor.

Poco después se celebra un magno Congreso de la Ciencia en el que el Presidente anuncia que los últimos descubrimientos permitirán la prolongación sin límites de la vida, en base al injerto y animación de las glándulas, pasando de inmediato a lanzar un ataque contundente contra la religión:

"Y al caer en el olvido y el desprecio esa religión que ceñía nuestra garganta como dogal de hierro, podemos proclamar como ciudadanos conscientes, apoyados en las observaciones de la ciencia y en el testimonio de nuestra propia razón, que la existencia de los espíritus es una mentira y que Dios no existe."

El pueblo, en actitud comprensible, prefiere esa vida sin muerte que se le presenta al alcance de la mano a la futura post mortem que le predican sin demasiada convicción los sacerdotes, y está dispuesto a abandonar la fe.

"¡Y, sin embargo, Dios existe! -dijo una voz poderosa, como voz de trompeta..."

Es otra vez el profeta Elías, que responde a la petición de una señal que se le reclama para creer, exclamando:

"Generación adúltera y perversa, no merecéis señal alguna, pero como Dios tiene compasión de vosotros, os daré un signo: No veréis la luz del sol durante veinte horas, caerá fuego del cielo que destruirá el palatino y un terremoto diezmará los pueblos", en la línea de sus anteriores amenazas a Israel. "Y en aquel momento se apagó el sol, se convirtió el palatino en una inmensa hoguera y un terrible movimiento sísmico echó por tierra, con innumerables edificios y monumentos, aquel soberbio palacio de la ciencia, bajo cuyos escombros quedaron sepultados todos los senadores y altos dignatarios".

Sólo se salvó Delevi, que en cuanto oyó las primeras palabras de Elías, corrió veloz a un aeroplano con el que alcanzó las tierras árticas y aterrizó en una pequeña isla deshabitada. Allí, bajo el hielo, existía una caverna en la que se hizo sepultar tras ser inyectado en sus músculos y en sus venas con una sustancia bituminosa con la que igualmente le recubrieron el cuerpo, que lo mantendrá indefinidamente con la vida suspendida.

Pasan así otros veinte siglos, hasta que el diablo envía un águila negra a liberarlo de su envoltura y a extraer con el pico la sustancia que le había sido inyectada. En el viejo castillo de la isla, reconstruido por arte de encantamiento por el diablo, utiliza por días y días otra invención marciana, el cronodiorama, que recoge imágenes del pasado [2].

Ve cómo el profeta Elías -que ya adelantaba el cristianismo en las palabras evangélicas que pronunció- ha convertido a esa religión a todo el pueblo de Marte, que la practica con fervor. Sumamente irritado, mueve los diales hacia la Tierra y se complace largamente en contemplar los momentos más crueles para el cristianismo, como la crucifixión y las persecuciones romanas. Luego Mahoma, Lutero y Voltaire dan ocasión al buen cura para exponernos sus errores, hasta llegar al triunfo del racionalismo con la Revolución Francesa.

Alcanza después Delevi la guerra europea:

"y su espíritu miserable se complace viendo llorar a tantas madres sobre los mudos hogares, sobre la ruina de la patria querida..."

y, a continuación, en un futuro que parece próximo al del autor, el comunismo impone su dominio en el mundo:

"La tea revolucionaria arde sobre el altar y sobre el trono".

Llegado a este punto, el doctor implora al príncipe de las tinieblas     que lo transporte a la Tierra y en ella se desarrollan los sucesos finales de la novela, cada vez de intención más profética en detrimento de la fantasía: a Valverde le preocupan los tiempos que corren y una amenaza que cree real.

La Gran República de los Soviets, nueva Babilonia aún más depravada y envilecida, conoce una reunión de los presidentes de sus repúblicas en la Capilla Sixtina -mientras el Papa Pedro II y unos pocos fieles se esconden en las catacumbas-, al objeto de planear sus próximas acciones. Para su sorpresa, de pronto el mar Tirreno se alza mágicamente sobre su nivel y su ola más alta e hirviente se abre para dar paso a escuadrones de caballería que descienden ingrávidos hacia Roma, carros de asalto y formidables máquinas de combate científico-satánicas, carrozas de oro tiradas por elefantes y repletas de odaliscas y, finalmente, sostenido en el aire por el aliento de un dragón bicéfalo, el indescriptible trono de Delevi, con manto de armiño sobre sus hombros, cetro en sus manos y la triple corona imperial en su cabeza.

Cuando la soldadesca soviética -embriagada por el vino de las bodegas pontificias y enardecida por la visión de las odaliscas, que quieren para sí- pretende hacerles frente, un solo hombre dispara su arma y todo cuanto cae dentro del cono de luz de sus rayos queda reducido a cenizas. Ante tamaña exhibición, todos aceptan la nueva jefatura y pronto ondean sobre la cúpula de San Pedro, primero, y sobre toda la Ciudad Eterna y todo el mundo, después, los estandartes con la imagen y el número de la Bestia [3].

La religión, que ya era perseguida, lo es ahora con más saña y hasta un cardenal resentido exhorta a los cristianos a que adoren al nuevo dios, al que ofrece en sus misas negras la sangre de las vírgenes cazadas en las catacumbas. Delevi obra prodigios con su poder satánico, hace caer fuego del cielo sobre los que no le adoran, reparte imágenes de la Bestia que gesticulan y hablan, y hasta simula su muerte para convencer a los últimos incrédulos con su resurrección.

El cristianismo está a punto de ser borrado de la faz de la Tierra cuando aparece de nuevo Elías, esta vez acompañado de Enoch -el padre de Matusalén-, que fue el otro personaje bíblico que ascendió al cielo sin conocer la muerte, y, uno por el Oriente y otro por Occidente, levantan un formidable ejército de cristianos y judíos que han convergido en una misma fe. Se encuentran ante Roma y Enoch, que viene directamente del cielo, saluda a Elías con la buena nueva de que Zeos Lorimera ha encontrado gracia ante Dios.

Los secuaces de Delevi les dan muerte, pero ambos resucitan a la vista de todo el pueblo [4]. La batalla final tiene lugar en Armagedon, donde las tropas satánicas y las de quienes son ya los "reyes" soviéticos, se enfrentan al ejército de los fieles.

"El doctor lanzó una horrorosa y espeluznante blasfemia. Tembló la Tierra, negándose a sostener al hombre, vomitando fuego por la boca de cien volcanes. El sol, en medio del cenit, apagó totalmente su lumbre y las tinieblas se enseñorearon de los espacios.

"-¡Adelante los míos! ¡Hartaos de sangre, pisotead en las tinieblas los cráneos de los imbéciles! ¡Viva Lucifer!

"Los carros de asalto, las poderosas máquinas de guerra que manejaban las huestes infernales, las granadas mortíferas, la lengua de fuego de los cañones, el tableteo constante de las ametralladoras, el vivo fulgor de los cohetes, el crujir de los aceros, el choque de las masas mongólicas contra los espolones electrizados de las torres blindadas, lanzando fuego líquido, materias deletéreas y gases venenosos...

Mas la batalla no la resuelve toda esta parafernalia, sino la aparición de Cristo, que viene a juzgar a vivos y muertos, perdonando a los más y precipitando con tal rapidez al abismo a Delevi y a quienes llevan la imagen de la Bestia, que llegan vivos a los infiernos.

Escribió Asenjo Sedano que Valverde "estaba fabulosamente dotado para moverse en el mundo del barroco", y hace otro comentario certero cuando matiza que ""no era el mundo de Verne el que más le seducía, sino el otro más avanzado de Wells", como corresponde a su propósito de interpretación de los hechos, por fantástica que resulte.

Recurro a Saiz Cidoncha porque se ha aproximado a esta novela desde nuestra óptica, calificándola, junto con alguna más de su laya [5], de epopeyas bárbaras, obras apocalípticas que, en nuestro caso, son el reflejo en ciencia ficción de las posturas extremadas -en Valverde de derechas, en otros de izquierdas- que imperaban en la España de los años treinta del siglo XX. Esta vestimenta de ciencia ficción no basta para ocultar las ideas y propósitos de sus autores, de modo que las obras fueron ensalzadas por los unos y denostadas por los otros desde posiciones tomadas de antemano, al margen de su interés y valor literario, pero todas forman parte de nuestra proto historia del género.

En La Bestia del Apocalipsis, cuando su autor deja vagar su imaginación, consigue episodios vigorosos. Por decir lo imposible, si, conservando el mismo vigor imaginativo, hubiera escrito una novela laica, estaríamos ante un notable logro fantástico o científico-fantástico.

 

NOTAS

1. Valverde, Juan José. La Bestia del Apocalipsis (El Anticristo), pról. de Francisco Arias Abad, Andújar, 1935, impr. "La Puritana" de Manuel Blanco Luque, rúst. int., 214 pp. en 8º mlla. (17'5x12 cm.), 5 pta.

2. Del mismo modo que se hace en L'historioscope, de Mouton (ver los Apuntes dedicados a las proto-máquinas del tiempo), aunque no parece probable que Valverde conociera la obra del francés.

3. Delevi en latín es destruí. La D de quinientos con la E hace 600, la L de 50 con la E hace 60, y la V de cinco con la I hace 6: en total 666 que, según el Apocalipsis, es el conocido número de la Bestia.

4. Una extendida tradición cristiana sostenía que Elías y Enoch serían los dos testigos anunciados en el Apocalipsis para, al final de los tiempos, combatir con su predicación a la Bestia que surgiría del Abismo, siendo muertos por ella pero resucitando a los tres días y medio para subir al cielo ante los ojos espantados de sus enemigos.

5. Como pueden ser la que a continuación comento, El fin de los tiempos de Ortí y Muñoz, y las inglesas El amo del mundo de Robert Hugh Benson y la Trilogía del Dr. Ramson de C.S. Lewis.

 
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