III. EL CUENTO DEL COMIENZO Y DEL FINAL
Leopoldo Alas, Clarín (Zamora, 1852 - Oviedo, 1901), el autor de La Regenta, escribió un magistral relato, en palabras del profesor Santiáñez-Tió -cuya exposición sigo-, en el que son elementos implícitos la decadencia de Occidente, la muerte de la Razón y el concepto de entropía, empleado por primera vez por el físico alemán Rudolf Clausius en 1850, elementos muy comunes en la ciencia ficción dedicada al holocausto y la muerte de la Humanidad. También habría que considerar -esto lo digo yo- la crisis fisiológica y emocional por la que atravesaba entonces Clarín. Su salud no era la mejor y se movía como siempre en lo religioso entre la Fe y La Razón, entre el deseo de creer y la imposibilidad racional de hacerlo.
Para recrear su particular fin del mundo, recurre a dos historias bíblicas, neotestamentaria la una y veterotestamentaria la otra, muy socorridas para la ciencia ficción, los mitos del Final y del Comienzo, el Apocalipsis y el Génesis, para rematar el cuento retornando al Apocalipsis, esta vez definitivo. Sus protagonistas, Judas Adambis y Evelina Apple, son referencias explícitas al apóstol traidor en Judas y a Adán y Eva en Adam-bis y Eve-lina, a más de que apple es manzana, como se sabe.
En la reescritura de estas historias, Clarín expresa una actitud particularmente pesimista sobre la civilización moderna, como ya se ha visto que sucede en otras fantasías religiosas del siglo XX. Sin llegar al delirio de éstas, en "Cuento futuro" se sugiere que el fin del mundo no es un castigo divino, pero sí el merecido desenlace de una sociedad en exceso civilizada, cansada de sí misma y decadente.
Aunque no demasiado largo, el cuento está dividido en cuatro capítulos, correspondientes a las cuatro entregas en que se publicó los días 7, 16 y 26 de agosto y 3 de septiembre de 1886 en La Opinión. El capítulo primero se abre con la presentación del libro francés Heliphobe, cuyo autor muestra su hastío de la luz, su cansancio del sol, y propone que la Tierra deje de dar vueltas alrededor de ese astro burgués y se interne libre en los espacios siderales.
El libro hace furor y la ciencia discute si la Tierra sería capaz de abandonar realmente el sistema solar, primero, y si podría sobrevivir lejos del sol, después. Las personas más religiosas advierten a quienes tienen afán de tinieblas que no llegará el fin del mundo hasta el momento y en la manera anunciados en el Apocalipsis, pero se van a equivocar.
Un acreditado sabio, el Dr. Judas Adambis, toma cartas en el asunto y escribe una Epístola Universal [1] en la que propone que la Tierra rompa las cadenas que la atan al sol, rompa ese yugo ominoso y sea libre. ¿Cómo? En un suicidio civil colectivo. Por raro que resulte, tal era la secreta aspiración del orbe y la idea es acogida con entusiasmo por la inmensa mayoría de las gentes, aburridas de la civilización y todas aprendices de Schopenhauer [2].
A pesar de las reticencias de algunos, el suicidio universal se pone a votación en todas las asambleas legislativas del mundo y en todas resulta abrumadoramente aprobado, respetándose el derecho de las minorías a no suicidarse: serán suicidadas.
Así que, según las previsiones de Judas Adambis, el día primero del año, a las doce en punto, todos los seres humanos quedan atrapados en una inmensa red de la que no es posible escabullirse. Cuando el doctor, vestido de luto riguroso, aprieta un botón negro, sienten una fuerte conmoción en la espina dorsal y les estalla el cerebro de inmediato.
Todos perecen excepto Judas y Evelina, porque ella, que tiene a su marido en un puño, lo ha convencido de que ambos se salven. Suben a un pequeño globo dispuesto al efecto y pronto tienen su primera bronca: él, aunque convencido ateo hasta entonces, ha descubierto ahora que hay conciencia porque le remuerde y no se atreve a descender entre los cadáveres; ella, que iba todos los domingos a misa y de vez en cuando se confesaba, ya que convenía a la condición de mujer ser católica, quiere en cambio tomar tierra para disfrutar de un buen almuerzo y no de la comida sintética que su marido le ofrece.
Se ponen al cabo de acuerdo en buscar el Paraíso Terrenal, sobre cuya ubicación se había producido recientemente un acalorado debate teológico-geográfico, y como el Jardín del Edén no ha vuelto a ser hollado por el pie del hombre, él podrá pisar una tierra que no será un cementerio y ella podrá alimentarse con sus exquisitos frutos. Lo encuentran y desde el globo, ayudados por sendos anteojos, divisan una figura de luengas barbas que se pasea por él. Es Yová Eloim [3], Jehová, el Señor Dios, el Dios de sus mayores.
Al principio del capítulo cuarto el autor hace una intervención en primera persona para calificar el cuento de farsa y decir que todo es una broma, como así es. Dios guarda un gran parecido físico con Maura y no aborda la situación como lo hubiera hecho un redactor de El Siglo Futuro,sino que la trata con una delicadeza que nunca tuvieron los Nocedales en sus palizas a La Unión.
Se muestra muy comprensivo con lo ocurrido y los tranquiliza diciéndoles que lo pasado, pasado está, y que lo que hay que hacer ahora es intentarlo de nuevo: si salió mal con la inocencia de Adán y Eva, intentará que salga mejor con la malicia de Judas y Evelina. Como era de esperar, sólo les pone una condición, que no coman el fruto del árbol prohibido, no por nada especial, sino por mantener el principio de autoridad.
Como igualmente era de esperar, el demonio en forma de serpiente se apresura a tentar a Evelina, también muy racionalmente, diciéndole que la ingesta de la manzana no les hará conocer nada nuevo ni los hará ser como dioses, pero que piense en los siglos que le esperan en el Paraíso, sin hacer otra cosa que aburrirse y parir, y ella come media fruta y le ofrece la otra mitad a su marido.
Pero a él le complace aquella vida y no la quiere perder, por lo que se niega a comer haciendo oídos sordos a las súplicas, las amenazas y los intentos de seducción de su esposa. Así que, al día siguiente, cuando baja Dios a ver cómo van las cosas, le explican lo sucedido y Él decreta la separación del matrimonio
-que no el divorcio-, expulsando a la mujer del Edén. Las leyendas no se ponen de acuerdo en si fuera de él se entregó al feo vicio de Parsifae o lo que hizo fue entregar directamente sus encantos al demonio, aunque conocida la habilidad de éste para adoptar formas animales, no resultan incompatibles.
Judas permaneció por siglos en el Paraíso hasta que, solo y hastiado, no pidió a Dios que le hiciera una nueva compañera a partir de una costilla, sino que lo trasladase a otro lugar, como así hizo. De este modo se fue del planeta su último habitante y desapareció con él la doliente Humanidad que había poblado la Tierra.
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Este artículo se publicó, junto con los dos anteriores, en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: Las novelas del fin del mundo 2, edición de autor, Madrid, 2001.
NOTAS
1. Al otro apóstol Judas atribuye la Biblia la autoría de una Carta Católica o Universal en la que se hace una referencia apocalíptica: "Al fin de los tiempos aparecerán hombres que se reirán de todo y que procederán según sus pasiones impías. Éstos se constituirán en casta de hombres que vivirán una vida natural, de instintos y sin espíritu".
2. En la influencia de las ideas de Schopenhauer coincide aquí Clarín con el Azorín de "El fin de un mundo" de quince años después. También se advierte la influencia del naturalismo, que se estaba abriendo paso entonces en España y por el que se interesaba vivamente Clarín.
3. Ya dice el autor que se escriba como se escriba: hoy diríamos Yahwé Elohim.
ADDEnDUM
Empecé a tomar notas para lo que hoy son estos Apuntes hace bastantes años y fui incorporando a ellas los nuevos datos que recogía, aunque he de decir que las última versiones son anteriores a Internet. Sobre determinados autores hay críticas, debates y foros en los que no he entrado y, por el contrario, hay también autores y títulos sobre los que no aparece nada.