II. EL ADVENIMIENTO DEL FIN DE LOS TIEMPOS
El fin de los tiempos [1] es una novela que guarda cierta semejanza con la anterior, pues el autor se complace en ella en hacer una "interpretación conjetural" del Apocalipsis para mostrar cómo se están cumpliendo sus profecías. Es un autor que no escribió sino este libro y que pensé que sería sacerdote hasta que lo encontré en el Padrón Municipal, en el que aparece como nacido en Córdoba el 7 de marzo de 1871, de profesión periodista cesante y residente en Madrid desde 1903, donde vivía en la calle de Santa Águeda nº 6, en cuyo tercer piso tenía una casa de huéspedes junto con dos hermanas.
En un futuro indeterminado, quizá de cien o algunos más años
"la civilización ha seguido su impetuosa carrera, borrando con implacable saña cuanto se oponía a sus necesidades de amplitud y movilidad [...] y la humanidad ha progresado en todos los órdenes, lo mismo en la definición del concepto del Derecho que en la aplicación de la fuerza para torcerlo".
España, cuyo territorio comprende Portugal y Marruecos, completamente hispanizados, tiene doscientos millones de habitantes y es la potencia hegemónica del planeta, con enorme poderío militar: sus acorazados de 60.000 toneladas -es el ejemplo que pone- surcan los mares armados con cañones que pueden disparar a gran distancia proyectiles capaces de destruir ciudades enteras. Su régimen político sigue siendo la República que existía cuando se publicó la novela, con mayoría de izquierdas en el Parlamento, y su capital es la ciudad más populosa del mundo, un Madrid de cerca de veinte millones de almas. Cuenta con setecientas mil edificaciones que por un lado rebasan largamente las orillas del Manzanares y por el otro se acercan a la ribera del Jarama: hay muchos museos, bibliotecas y locales públicos de recreo, pero poco más de doscientas iglesias, ochenta católicas, cuarenta protestantes y cerca de cien de una nueva religión llegada del Kurdistán.
La acción arranca en la madrileña Puerta del Sol, convertida para entonces en una plaza cuadrada de 450 metros de lado y flanqueada por edificios de 35 plantas dotados de grandes ventanales por donde entran y salen los pequeños aeroplanos eléctricos que han sustituido a los automóviles, tanto de propiedad privada como de alquiler.
En su centro se levanta una construcción más chica, el Gran Café de la Luz, donde se prestan al cliente toda clase de servicios, desde los de restauración y espectáculos hasta los sexuales, lugar donde se fraguan todos los robos, delitos y crímenes que se cometen, pero frecuentado también por la alta sociedad.
Se comenta en el Café la noticia aparecida en los periódicos de que el sol se acerca a una zona del espacio repleta de astros desconocidos que van a precipitarse sobre él y sus planetas, con riesgo para la Tierra.
Tres días después cruza el cielo un aerolito que se incendia y se fragmenta, colisionando sus restos con aviones y edificios, lo que produce muertos y heridos y da lugar a que, a la mañana siguiente, algunos de los que se acostaron ateos y republicanos amanezcan creyentes y monárquicos: para el autor coinciden el altar y el trono.
Cuando la Tierra llega a la zona de los aerolitos, la primera noche tiene lugar una espectacular lluvia de estrellas que a todos admira, mas en la segunda caen sobre su superficie bólidos de gran tamaño [2], uno de los cuales lo hace sobre los cuarteles de las afueras de la capital produciendo una gran mortandad.
La Tierra sobrepasa el espacio de los aerolitos y las gentes respiran aliviadas hasta que los observatorios advierten de que un gran astro se dispone a penetrar en el sistema solar y puede chocar contra la Tierra, exigiéndose entonces a los gobiernos que hagan algo para impedirlo. Los periódicos presentan gran número de planes entre los que se impone el consistente en disponer a lo largo de la parte terrestre de la línea ecuatorial seis mil cañones de 16 metros de calibre que dispararán durante tres meses proyectiles de 20 toneladas a una velocidad de 10 kilómetros por segundo, a fin de modificar el movimiento del planeta.
Por descabellado que pueda parecer, el plan se lleva a cabo, ya que las "multitudes ignaras" quedan seducidas por la propia inmensidad de las fuerzas puestas en juego, que el autor detalla en toneladámetros y de las que hago gracia al lector.
La civilización está tan científicamente adelantada que puede construir en un breve espacio de tiempo estas máquinas y estos obuses, así como los explosivos para impulsarlos, pero el autor no ofrece otro detalle de esta civilización que la proliferación de los aviones: raro es el particular mínimamente pudiente que no posee alguno en su terraza. Por lo demás no parecen existir siquiera ni el teléfono ni la fotografía, ya muy desarrollados en 1933, y entre los "milagros" que hacen los kurdos en sus templos figura la audición de música sin intérpretes ni instrumentos: sólo ellos conocen el gramófono y los discos.
Otra cosa que nuestro escritor no parece imaginar son los cambios sociales a que tiene que dar lugar el paso de los tiempos, como tampoco el valor del dinero. Dos golfillos que encuentran una moneda, pongo por caso, comen un plato de judías y otro de chorizo por un real: a ese precio, con un euro podrían comer los dos cerca de un año.
Hay que decir que hay personas que esperan resignadas la muerte, por lo que dejan de trabajar, y el Gobierno español, por más que ateo, insta al Papa a que publique un Breve, como así hace, en el que diga a los católicos que el fin de la Humanidad todavía no ha llegado porque no se dan los presagios anunciados en el Apocalipsis ni es de prever una llegada inmediata de Jesucristo para juzgar a vivos y muertos: tampoco el Vaticano complace plenamente al buen Ortí.
Los gobiernos europeos contemplan con agrado la ocupación del África ecuatorial compuesta por una serie de naciones que, lograda su independencia, exterminaron a la raza blanca y retornaron a la barbarie. Desean volver a convertirlas en colonias e instalar en ellas a los excesos de población que padecen. Los países sudamericanos, por su parte, colaboran de grado, recelosos de una intervención de los Estados Unidos en su territorio.
Por fin llega el gran astro y se suceden 120 horas de viva luz ininterrumpida y calor abrasador, tras las cuales, a causa de la tremenda evaporación, el cielo se cubre de espesas nubes y se padecen 200 horas de noche. Las víctimas se cuentan por millones, más en el campo que en las ciudades, más en las naciones pobres que en las ricas, donde se ponen en marcha toda clase de recursos de supervivencia.
El astro sigue su camino sin llegar a chocar contra la Tierra, pero ésta se ve azotada por huracanes de violencia desconocida y por otras 200 horas de lluvias torrenciales que provocan inundaciones devastadoras: el autor describe con verismo el horror de la situación, que es realmente espantosa.
Cuando poco a poco se va restableciendo la normalidad, se comprueba que ha perecido cerca de la mitad de los seres humanos y se ha perdido más de la mitad de su haber colectivo. La luna ha desaparecido, arrastrada por el gran astro, la velocidad de rotación de la Tierra se ha ralentizado, de modo que los días duran más, y su eje de rotación se ha desviado apreciablemente de su inclinación anterior, por lo que los cielos son distintos. Se trata de un declarado propósito del autor de hacer ver una vez más que se están cumpliendo las profecías que anuncia el Apocalipsis cuando se abre el sexto sello.
Se asiste a continuación al paso del astro cerca del sol, cuya atracción está a punto de capturarlo, mas da una vuelta en derredor de él y sigue rumbo a los espacios siderales ante el asombro de las multitudes que contemplan el espectáculo entre maravilladas y aterradas. Los planetas más cercanos al sol se precipita sobre él levantando llamaradas gigantes y luego se constata que la órbita de la Tierra se ha vuelto mucho más excéntrica.
El calor es tan grande que las personas han de trabajar por la noche e intentar dormir por el día. Quienes disponen de aeroplano con chófer hacen que se remonte a las alturas y allí descansan al fresco. A los aviones, como a todas las demás máquinas, los mueve la electricidad, energía que es barata e inagotable porque se ha aprendido a tomarla directamente de la tierra.
Entonces a alguien se le ocurre que sería una buena idea construir una ciudad aérea y así se hace en un plazo inverosímilmente corto. No es una ciudad puesta en órbita como cabría esperar -el autor no da para tanto-, sino un a modo de globo gigante que se estaciona a 4.000 meteros de altura sobre el cielo de Madrid. Su éxito es tan grande que se amortiza en su primer verano de explotación.
Curiosamente, está dominada por los kurdos adoradores del diablo que han importado su religión a Europa y que cada vez ganan más adeptos: sólo en Madrid suman ya 150.000. Es una religión tolerante con la concupiscencia en un mundo en que cualquier mujer mayor de doce años puede presentarse ante el juez con su novio y casarse al instante, obtener cuando le plazca el divorcio y volver a casarse cuantas veces quiera. Sin embargo, lo más interesante de su doctrina es que permite el robo cuando el beneficio que obtiene el ladrón es superior al perjuicio que causa: eso los hace ricos.
Mas todo alcanza su fin. Cuando llega el duro y largo invierno, Villa Presidente Pérez Porras, que así se llama en honor del entonces presidente de la República, se queda desierta. El invierno es duro porque la temperatura en Madrid, por ejemplo, es la que antes correspondía a las frías estepas rusas; es largo porque en su nueva órbita excéntrica la Tierra recorre su afeelio a mucha menos velocidad que su perihelio. No se mueve ni una ráfaga de aire para que se sigan cumpliendo las predicciones apocalípticas [3].
Este invierno es causa de una gran hambruna que acaba con el veinte por ciento de la ya reducida población y son muchos los que emigran al África ecuatorial ocupada, cultivando aquellos suelos en busca de mejores condiciones de vida [4]. Ahora el Papa, y con él los católicos, están ya convencidos de que se acerca el fin de los tiempos.
En clara referencia al Anticristo, dice el Pontífice a los cardenales:
"¿No veis cómo el cielo es ya libro cerrado donde los caminantes no pueden leer su orientación? ¿No veis cómo los montes y las islas cambian de lugar [5] arrollados por las turbulentas aguas? ¿No veis cómo en los países civilizados se levantan templos públicos para adorar al Ángel del Mal en contraposición al Dios del Sinaí?"
El autor hace cuanto está en sus manos para dar cumplimiento a los anuncios apocalípticos y preparar su desenlace dentro de la más pura ortodoxia. El Papa nombra un Patriarca español para los territorios africanos a cuya designación y poderes universales de jurisdicción se oponen las potencias euroopeas, e Italia ocupa militarmente el Vaticano y recluye al Santo Padre en un convento hasta que devuelve al Patriarca a España y traslada la sede romana a África, volando con toda la curia en dos grandes aviones [6].
La lectura se va haciendo progresivamente pesada, la acción no es demasiado coherente y, aún en su estirpe, la novela carece de la grandeza de la anterior. El sol produce nubes de polvo que lo vuelven oscuro y la Tierra, al pasar cerca de él, recupera la luna que había perdido, ahora incandescente, para que se cumpla la postrera señal astronómica del Apocalipsis [7].
Los sectarios kurdos encuentran un jefe, de nombre Mahometis, quien, convencido de que el padre Pedro, el Patriarca, es el hombre enviado por Dios para acabar con su religión, hace que sus seguidores en Madrid asalten el convento de carmelitas en que lo suponen alojado, torturando y matando a sus frailes y profanando sacrílegamente cuanto de sagrado se topan, sin que parezca producirse reacción ninguna de la autoridad.
Cuando descubren que vive en el chalé de un general prestigioso y cristianísimo, el que mandó las fuerzas españolas expedicionarias en África, igualmente lo asaltan, pero la prevenida familia, con el Patriarca a la cabeza, que fue antaño su capellán, y dos fieles criados se remonta por los aires en un maravilloso helicóptero que el militar ha diseñado y hecho construir.
El aparato es en realidad un avión, por supuesto de hélice, de despegue vertical, por más que el autor le diga helicóptero, que asciende a tal altura que sale de la atmósfera, primero, y escapa de la atracción terrestre, después, vagando por los espacios interplanetarios. La esposa y la hija del general pierden el conocimiento en el despegue y han de ser reanimadas con un frasco de sales, y otro detalle realista es que el ingenio está provisto de retrete.
Abandonada la órbita de la Tierra, el helicóptero se dirige con toda naturalidad a la de Marte y aterriza en su superficie, con una amplia exposición de cálculos astronómicos, algunos acertados. El autor explica en un post scriptum que ha querido mantenerse hasta aquí en una posición neutral a fin de que el lector poco religioso no abandonase la lectura del libro, pero que a partir de ahora manifestará con toda claridad su pensamiento. Lo primero no lo ha conseguido, ya que se le ve con claridad meridiana el plumero, pero lo segundo lo va a lograr con creces.
El Patriarca puede celebrar cualquier sacramento en Marte, entre ellos dar la comunión y casar, que ya Ortí se ha cuidado de que se le concediese jurisdicción universal, y allí va a celebrar la primera misa alienígena de la historia sobre un altar de piedra que encuentran dispuesto, una misa cantada porque han llevado consigo un pequeño órgano y el sobrino del general es un más que aceptable chantre.
Aparecen entonces dos venerables ancianos vestidos de blanco y el de más edad entre ellos pronuncia con majestuosidad estas inefables palabras:
"-¿Eres tú, ¡oh feliz mortal!, el viajero intrépido que ha conmovido los ámbitos del firmamento, conduciendo en sus manos a través de los espacios el Cuerpo real y verdadero de Jesucristo, Señor y Redentor nuestro, tantos siglos esperado, Pan de los Ángeles que ha de confortar nuestros espíritus para la lucha por la gloria de Dios?"
Ni qué decir tiene que se trata de Elías y Enoch, ambos arrebatados al cielo en vida y frecuentes en las novelas de ovnis, que son los testigos del Apocalipsis en la tradición cristiana. Ellos han dispuesto el altar y los dos hacen su primera comunión, tras la cual desaparecen aunque no sin antes firmar como testigos el acta de matrimonio de la hija del general con su aristocrático ayudante. Durante la ceremonia se ve en el cielo a Mahometis intentando alcanzar Marte con la ayuda del diablo, pero el Ángel del Señor se lo impide a latigazos.
Todo parece indicar que la Tierra va a perecer a los 1260 días que dice el Apocalipsis, tres años y medio de 360 días. El Patriarca sería entonces el regidor de la pequeña comunidad marciana -Pedro II es el nombre comúnmente aceptado pata el último Papa- y Dios decidirá si estos supervivientes se van a extinguir sin descendencia o si Mari y Enrique darán lugar a una nueva Humanidad.
NOTAS
1. Ortí y Muñoz, Carlos. El fin de los tiempos, Madrid, 1933, Gráficas España (San Roque 4) en portada, Gráficas Carrozas (Eloy Gonzalo 12) en cubierta, exclusiva para la venta Sindicato Exportador del Libro Español, rúst., int., 268 pp. en 8º mayor (22x14 cm.), 6 pta.
2. "Y las estrellas del cielo cayeron sobre la Tierra, como la higuerasuelta sus higos verdes al ser sacudida por un viento fuerte (Ap. 6, 13).
3. "Después de esto, vi cuatro ángeles de pie en los cuatro extremos de la Tierra,que sujetaban los cuatro vientos de la Tierra para que no soplara el viento, ni sobre la Tierra ni sobre el mar ni sobre ningún árbol" (Ap. 7, 1).
4. "Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser alimentada mil doscientos sesenta días" (Ap. 12, 6).
5. "Y el cielo fue retirado como un libro que se enrolla, y todos los montes y las islas fueron removidos de sus asientos" (Ap. 6, 14).
6. "Pero se le dieron a la Mujer las dos alas del águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos del Dragón, donde tiene que ser alimentada un tiempo..." (Ap. 12, 14).
7. "Y seguí viendo. Cuando abrió el sexto sello, se produjo un violento terremoto, y el sol se puso negro como un paño de crin, y la luna toda como sangre" (Ap. 6, 12).